Entre los muchos misterios que existen en el mundo de los seres vivos, el del rabo de las lagartijas me llama en especial la atención.
Como sabes, cuando se sacrifica su rabo siendo amputado, éste se sigue moviendo, de una forma mucho más enérgica.
Que la selección natural haya fijado algo así es, a mi corto entender, sorprendente.
Pero si encima, la lagartija consigue que le crezca un rabo nuevo, entonces la admiración deja paso casi a la magia. Pues bien, no solo les sucede a las lagartijas, Darwin se fascinó también con la regeneración que algunos animales como son ciertos peces logran respecto de un apéndice perdido. Siglo y medio después, continuamos asombrándonos de esa capacidad de recuperar miembros perdidos de ciertos animales.
Como sabes, hace tiempo que no escribo, que no siento, que no te doy, que no te recibo. Perdona si me he atrevido a comparar nuestra relación con el rabo de una lagartija. Pero desde hace meses estamos dando coletazos sin rumbo, bocanadas de oxigeno artificial, negando la realidad.
Y a pesar de los esfuerzos, no hemos sido capaces de dar un solo paso al frente, y hacer cosas que de verdad merezcan la pena. Con esto no me refiero a construir grandes castillos de arena, que siempre terminan cayendo, sino cosas pequeñas.
Diálogo, cercanía, entendimiento, empatía con el otro…
Desde lo más profundo de mi ser espero que, como en el caso de este feo animal, seamos capaces de regenerar de nuevo ese apéndice que somos el uno del otro y sin el que, al menos yo, no soy capaz de vivir.
Por desgracia, esos deseos nunca ocurrirán como si de una ciencia extraña se tratara, o por raros efectos marcianos, solo si los dos queremos y luchamos por ello lograremos que así sea.
Y entonces, la admiración dejará paso a la magia.
P.d. Ahorrate las flores los días de tormenta.